La Primera María

Según datos del Instituto Brasilero de Geografía y Estadística (IBGE), en 2021, mujeres representaban más del 92% de las personas ocupadas en trabajo doméstico, de los cuales, más del 65% son mujeres negras. Las trabajadoras negras ganan en media 15% menos y tienen una jornada de 51 horas semanales.

El tiempo transcurría lentamente en aquellas tardes sofocantes tan típicas del clima tropical brasileño. No era mucho lo que una niña de seis años pudiera hacer en la gigantesca casa, entonces me fijaba en cualquier cosa que pudiera distraerme. La colección de cd’s exhibía muchos ejemplares, cuidadosamente ordenados por orden alfabético en la estantería abundante y me invitaba a explorar aquella infinidad de plásticos y papeles.

“La ma… druga…da esta…lla como una… una es… estatua.”

Las pequeñas letras me desafiaban a crear significados para muchas palabras desconocidas.

“¿Weli? ” – por mi tono de voz era evidente que me gustaría interrumpirla. – “¿Que significa “la ma… dru… gada estalla como una es…ta…túa?” le mostré el  texto de la carátula que traía en manos  — “¿ Que significa esto?”

Ella apretó fuerte sus ojos y exclamó: – No lo sé, hija… sabes que no soy muy buena con las palabras, pero cuando Doña Darlene llegue, preguntémosle a ella. ¡Sólo ten cuidado con sus cd’s! A ellos les encantan sus cd’s. No puedes rayarlos, ¿eh?, Don Márcio se convierte en una bestia cuando ve a sus cds rayados y no puede escuchar sus temas favoritos. A él le gusta acomodarse en su viejo sillón, tomarse su trago y escucharlos en la oscuridad… – contestó mientras levantaba los hombros “así”.

“¡Sólo estoy leyendo, weli! Este tema lleva tu nombre, mira… María Landó

Ella dejó de cocinar en la olla de hierro y me miró a través de sus lentes gruesos.              

“¿Leyendo?” – la voz cargaba una intención que no comprendía. Como si yo hubiera dicho algo valioso. Lo más importante que hubiese dicho en toda mi vida. – “¿Ya sabes leer?”

No me quedaba claro, pensé: ¿cuál será la respuesta  que ella quería escuchar?

“¡Ah! yo no sé leer muy bien cuando hay muchas letras grandes, pero… sí sé leer así!: “Brastemp”. Y esto también: “¡llame ya…!”, pero cuando es muy largo, no.” – Contesté mientras apuntaba a las frases que veía desparramadas por la pequeña cocina.

Sus ojos se convirtieron en cascadas y en cuestión de segundos desaguaron en un abrazo apretado. Me dijo que lo más importante en esta vida era saber leer; lo que yo dudaba, incluso pensaba que saber escribir era mucho más divertido, pero en aquel momento comprendí la importancia de la lectura para mi abuela. Ella apagó la hornalla, lo que nunca hacía, me tomó por las manos y me llevó a una pequeña pieza. Ahí, me miró, apuntó a una canasta llena de cómics y como quien confiaba un secreto me  dijo: – Ten cuidado con las revistas de Camila, ¿eh? 

Aquella tarde me encontré por primera vez con  “La Turma de Mónica” y como la mayoría de los niños que creció en los años 90, yo también me enamoré de los cómics. En pocos días, desarrollé mi lectura y comprensión de las historietas y en aquel momento, me bastaba con leerlas en los días que yo acompañaba a mi abuela al trabajo, pero mi sueño era tener un cómic nuevo… todo para mí. 

En una de esas tardes, fui testigo de una escena que hizo que mi cuerpo reaccionara de forma muy rara: Camila había ganado un cómic más para su gran colección. En aquel instante, parí. No tengo idea de por cuánto tiempo gesté dicho sentimiento; a los seis años de edad di a luz a algo tan potente que, imposibilitado de ser fecundado en el útero, germinó en mi estómago. Brotó esa sensación extraña que quemaba pero no ardía. Dada la época y el contexto, se materializó como un ser disforme y simbiótico, una mezcla de envidia, rabia y ese hueco que nace en la boca del estómago cuando presenciamos injusticias.

“¡Mamá… ya te dije un millón de veces que a mí no me gustan las historias de Chico Bento! ¡Me gustan las historias de Magalí! ¡MA-GA-LÍ!” – gritó la niña enojada. Ni siquiera le dio una oportunidad al pobre Chico. Cruzó sus brazos, cerró la cara y sentenció: “!No me gusta esta!”

Fue la primera vez que sentí a mi corazón latir tan rápido y tan excitado. Tardé algunos segundos en reaccionar. Era difícil creer que así de la nada, yo había ganado un cómic nuevo, solo porque a Camila no le gustaba Chico Bento.

“¡Así! ¡Hay que ser agradecida! Ahora ándate al patio a leer.”

Listo, me fui. Desaparecí por horas. Creo que, en ese día, realmente, aprendí a leer. Después surgió el gusto por escribir. Innumerables fueron las veces que rayé paredes, puertas y objetos diversos. Escribía en cualquier hoja que encontraba. Cierta vez, distraída, escribí en el certificado de nacimiento de mi mamá y a pesar de la bronca echada, me gané un lindo regalo: un diario.

Después que parí ese sentimiento raro, empecé a imaginar situaciones donde Camila sufría una muerte abrupta. Accidentes que ocurrían en mi fértil imaginación. 

Ahogamiento: le metía la cabeza en la piscina ininterrumpidamente mientras ella gritaba: ¡Socorro! En otros delirios, me imaginaba prendiendo fuego en su cuerpo en una fogata con todos sus juguetes alrededor y, otras veces, la ahorcaba con la ropa de sus propias muñecas o era con su propia bici que la atropellaba

Mi mente se convirtió en el lugar más seguro para todo tipo de barbarie, y lo que no me faltaba era creatividad. Sin embargo, la más divertida sin dudas, era la ejecución por decapitación; no tanto por el acto, rápido y sin dolor, sino por la ceremonia.

Nos juntaríamos en el living, una guillotina bien afilada en el centro, algunas palabras que garantizaran el tono fúnebre del evento y, sin chance de arrepentimientos: se cumpliría la sentencia. Luego, jugaríamos al fútbol con su cabeza mientras nos bañábamos bajo la lluvia.

Doña María, mi abuela por su vez, no ayudaba en nada cuando reafirmaba a quien quisiera oír: “Carol tiene muchos celos de Camila”. Ante esas palabras me daban ganas de querer asesinarlas a ambas, pero recién acababa de completar mis siete años.

Nunca hubo lugar a dudas, a pesar de que nadie me lo hubiese mencionado: yo era la “nieta de la empleada”. No había un trato hostil y eso me dejaba aún más confundida al odiarlos. No era obvio, pero se hacía presente en el tono sumiso de mi abuela al tratar a la jefa de “Señora” como quien se dirige a alguna deidad. En la cantidad de horas que trabajaba limpiando la casa ajena, educando a los hijos y cocinando comida abundante y deliciosa para ellos. Y, sobre todo, estaba en el lugar donde ella estaba autorizada para comer. No solamente en el lugar, sino también en las condiciones. Comía, sí, después de servir el almuerzo de todos y sólo podía hacerlo en la cocina chica. Ella misma afirmaba que se sentía mejor así, inclusive porque se convenció de que no sabía comer; como si fuera posible que alguien no supiera llevar adelante una acción tan orgánica. Sin mencionar la cantidad de veces que le interrumpían, “María, ¿puedes hacer esta salsa agridulce para nosotros?” o “María, ¡tráeme la farofa picante!” Me tenía loca. Imaginaba todos los santos días a mi abuela dejando de almorzar, levantándose para buscar cualquier cosa que la familia pidiera y lanzando el objeto en la mesa con violencia. “¿Acaso se les van a caer las manos si levantan el culo de la silla, o si se mueven dos metros para buscar lo que quieren?” 

Todos se quedarían boquiabiertos por tal atrevimiento, mientras yo, en el rincón del comedor, observaría la escena disfrutando de mi jugo de naranja en una de aquellas copas caras que tenían y me reiría… mentalmente. 

Crecer viendo esta dinámica fue confuso. Mi abuela dedicó su vida al bienestar de familias blancas que la habían contratado como empleada doméstica. La última familia a quien sirvió antes de jubilarse también tenía niños de edad parecida a la nuestra, Camila y Rafael, quienes le tenían mucho amor y cariño y todo que les pertenecían acababa llegando a nosotras en algún momento. Las ropas que nos llegaban usadas, los juguetes ya viejos y usados, el material escolar ya gastado…  

No dudaba del afecto que aquella familia tenía por ella, y tampoco desconfiaba que, en tiempos difíciles, ellos nos ayudarían como fuera posible. Mi incomodidad venía de la estructura sobre la cual esta dinámica se daba. 

¿Sobre qué justificativa y a cuál precio?

“No… María es prácticamente de la familia…” fue lo que Don Márcio dijo, apretandola y levantándola en brazos con cariño. Me sentí mareada y un vómito espeso como la lava salió de mí, pero era del color del Universo y salía tan de golpe como cuanto su propia creación.

Fue en este contexto de rabia, rancio y una pitada de culpa que desperté para el absurdo que era que mi abuela fuera empleada doméstica. Una continuidad del esquema escravocrata que perpetúa -o incluso empeora- las desigualdades sociales basadas en raza y clase en territorio brasilero. 

Lo que más me dejaba perpleja era que todo se camuflaba de afecto, oportunidad y amor. Ellos parecían genuinamente felices al vernos. Querían saber cómo me iba en la escuela y cosas así. Los niños, principalmente, tenían por mi abuela un tratamiento de amor y respeto que parecía sincero. Llegaban del jardín y corrían para abrazarla. Gritaban su nombre al unísono: ¡María! Y ella hacía lo que mejor sabe hacer, ella los amaba de vuelta. Hacía papas fritas a las escondidas a los más pequeños; celebraba sus victorias y sobre todo, amaba verlos crecer. Esto, a pesar de ser confuso, no podía ser otra cosa: era amor. Afecto en su forma bruta, poco esculpido. La diferencia es que para aquellos niños adinerados, ella no pasaba de una María más, descartada y sustituida cuando fuese a alcanzar una edad que le impidiera servir. Mientras para mí, ella es y siempre será mi abuela. Mi Cara Abuela María ❤️.

Carta que escribí a los seis a mi abuela (llena de errores de ortografía): “Cara abuela María, eres muy genial, pero creo que deberías descansar un poco, pero eso no importa, quiero que seas muy feliz. Besos. Firmado: Carol. “Este dibujo es para que guardes.” Y lo guardó.

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